LA TRASTIENDA DE VANI
UN SABADO DE ENERO
Esta mañana me despierto tristona. Creo que hoy tampoco tendré un buen día.
He soñado con cambios, mejor, de los sentimientos (que bien suena).
Mí mejor amigo se separa después de 12 años juntos. Uno se ha cansado del otro, y el otro ya no aguanta más a uno. Dicen que la monotonía mata el enamoramiento. Y me duele: yo siempre he creído que conocerlo todo de tu pareja significa enamorarte más y más. No se, eso de adivinar en qué momento de la película va a reírse, saber que camisa va a ponerse el día tal, mirarle a los ojos y descubrir en qué piensa. Supongo que pido demasiado pero, es que me gusta tener las situaciones bajo control. Los imprevistos me desconciertan; me dan miedo, vaya.
Soy yo, 28 años, y me siento fuera del contexto llamado mundo. En mi adolescencia, siempre pensaba que cuando fuera mayor tendría un buen trabajo, y mis sueños de papel se harían realidad. Pero, já!, el tiempo pasa y no lo puedes detener.
No sé como solucionar mis sentimientos, no sé como acallar mis miedos. El destino juega conmigo, me hace daño y cuando se cansa, me devuelve la esperanza.
No sé por dónde empezar. Hoy el cielo está blanco, con inmensas nubes grises. El paisaje es perfecto para acabar de deprimirme. Y considerando que hoy, además, me ha salido un grano en la frente, justificaría el suicidio como algo válido. Pero no lo haré, porque hoy es sábado, así que ni hablar.
Me he levantado y la cabeza me daba vueltas. Demasiado alcohol. Tengo 28 años y he pasado de la frontera de la juventud a la del declive. Soy negativa, pesimista y sumamente exagerada. Lo sé, pero no puedo evitar tener miedos; miedo a las responsabilidades aplazadas, ha sentir que he perdido oportunidades que jamás volveré a recuperar, a que me llamen señora en vez de señorita, a mi reloj biológico, a que cada vez que vea a mi familia me pregunten cuando pienso tener pareja, casarme y tener niños, pero sobretodo tengo miedo a envejecer.
Me visto rápidamente y me voy. Que curioso, al salir por la puerta me encuentro una rosa roja sobre el felpudo. Siento curiosidad pero tampoco mucha. Si hubiera sido algún chico guapo e inteligente se hubiera atrevido a dármela en mano. Además, el pobre no debe tener idea de que no me gustan las rosas.
Estoy en el centro, paseando por Paseo de Gracia, con la mitad de mi sueldo repartido en bolsas. Me he vuelto loca comprando y como soy pobre, me encantan las compras. Me he sentado en un bar a pedir una coca-cola Light, y alguien me habla.
-Disculpa ¿puedo sentarme?
-No
La voz es de un hombre. Insiste, intenta convencerme, se pone todo lo seductor que puede, y yo me divierto muchísimo.
-No!
-Si se trata de dinero...
Se calla posiblemente esperando un bofetón. En cambio, me quedo quieta, mirándole con interés. Un desconocido me esta ofreciendo dinero por acostarme con él y me estoy excitando por momentos.
Llegamos a su casa. Se desnuda sin mirarme, me pide que me quite la ropa despacio... Dios! Llevo unas braguitas con un símbolo de prohibido en el centro. El muy tonto se ríe...
El polvo me sorprende. En diez minutos ha conseguido que tenga un orgasmo, y él, lo ha tenido segundos después. Ha sido raro pero intenso, muy intenso. Se levanta. Tiene el cuerpo muy bonito y es evidente que se cuida. Mientras él se ducha, me visto rápidamente, cojo mis bolsas y me voy. Por supuesto no he cogido el dinero. No soy una puta.